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¿Curar o tratar? La empatía al servicio del paciente by The Doctor Factory
Silvia Serrano Ayala  -Medical Economics

La comunicación es la herramienta base de cualquier relación, personal o profesional. Si no somos capaces de comunicarnos, no podremos transmitir nuestros conocimientos ni nuestras inquietudes. En el ámbito de la Salud ocurre lo mismo.

Sulmasy, fraile franciscano, internista y miembro de la Comisión Presidencial para el Estudio de las cuestiones de bioética del presidente Obama, afirma que “no importa cuan sofisticada sea la tecnología de salud recibida, la salud se alivia con tres simples elementos humanos: compasión, contacto y conversación”.  En la vocación del profesional sanitario está presente el objetivo de curar y lograr conductas más saludables, desde la perspectiva de los servicios humanitarios, más allá del valor retributivo que puedan tener sus acciones. Pero para curar hay que tratar, ¿y cómo se ha de tratar para conseguir, que desde una comunicación eficaz, se puedan adquirir o modificar hábitos? No comunicamos sólo con palabras. El tono de nuestra voz, nuestra postura corporal, la mirada, la disposición del espacio, la distancia entre nuestro interlocutor y nosotros, nuestros gestos, incluso nuestra ropa, todo puede ser una herramienta de comunicación eficaz o, por el contrario, una barrera.

Hasta con nuestros silencios comunicamos. El respeto por las costumbres, tradiciones y creencias también es parte de la comunicación eficaz. Quizás en nuestro entorno lo más inmediato que encontramos para curar sea prescribir un fármaco, pero recuerdo con mucha admiración la labor comprometida de los médicos de Paraguay, personas que no cuentan con recursos de ningún tipo en la mayoría de sus centros de trabajo, pero que demuestran una vocación y una empatía excepcional con sus pacientes. Saber curar es muy importante, saber tratar también.

Es cierto, todos somos un número en nuestro sistema nacional de salud, pero también es verdad que de una u otra manera, todos somos pacientes en algún momento de nuestra vida, y como tal, sólo debemos pensar ¿cómo nos gustaría que nos trataran? A nadie le apetece pensar que sólo somos un expediente, somos personas, con muchas cualidades, y además, cuando acudimos a consulta con alguna patología, estamos más susceptibles, más sensibles, ¿o no?

La reflexión que podríamos hacer es ¿a qué damos más protagonismo a curar la enfermedad o a cuidar del paciente?

Los requisitos más esenciales para que exista una óptima comunicación con el paciente son: la capacidad de empatía y la capacidad de resonancia afectiva, componentes ambas de la inteligencia emocional.

La empatía es la capacidad de sintonizar con los sentimientos y las emociones del otro, ponerse en su lugar y pensar qué puede estar sintiendo. La persona empática percibe las necesidades y los estados de ánimo de su interlocutor, a través de su tono de voz, de su lenguaje postural, sus gestos. Es capaz de reconocer su angustia, sus miedos, aunque no necesariamente ha de tener su mismo punto de vista. En una relación empática no se enjuician las emociones del prójimo, no olvidemos que esta palabra significa próximo, se hacen esfuerzos activos durante todo el proceso de comunicación por comprender el mensaje del otro, por entender y ser entendido, y sobre todo, por saber escuchar.

¿Sabemos escuchar?

Cuando dedicamos más tiempo a difundir nuestras ideas y menos a escuchar, monopolizamos el diálogo. Al intentar que prevalezcan nuestros puntos de vista y nuestras opiniones, no dejamos que el otro termine sus intervenciones, o no nos preocupamos de entender a quien tenemos en frente, no estamos adoptando una postura empática, ni siquiera, estamos sabiendo escuchar. 

No se trata tampoco de guardar un silencio absoluto y pasivo mientras el otro habla, eso tampoco es escuchar activamente.

Las emociones que nos quiere transmitir nuestro interlocutor tienen un gran valor para la persona empática. El que sabe escuchar, sigue a su interlocutor con sus gestos, sus expresiones, va dándole muestras de que lo entiende. Con sus preguntas y aportaciones se interesa realmente por entender.

El profesional sanitario debe tener habilidades que demuestren su inteligencia emocional.

Para Goleman, la inteligencia emocional es la habilidad de comprender los sentimientos ajenos, conocer los propios y guiarlos, es decir, utilizar este conocimiento para lograr el éxito. La inteligencia emocional se educa, y además, contribuye a la eliminación de la violencia, mejorar el funcionamiento de las familias, el éxito de las empresas y evitar fracasos como el divorcio o el consumo de drogas. La inteligencia emocional para uno mismo incluye el autoconocimiento, el autocontrol, la automotivación y la empatía.

Con estas habilidades se puede salir de situaciones frustrantes como la depresión, la irritación o la ira. Estas personas saben persuadir, provocar el cambio deseado, formar equipo, aceptar la diversidad entre las personas y comprender el sentimiento ajeno.  La capacidad de resonancia emocional nos permite no sólo identificar las emociones del otro, sino vibrar junto a él, aprobarlo, acogerlo. Como la empatía, no significa sentir lo mismo que el otro, sólo demostrar que ese sentimiento es legítimo y que lo hemos captado.

Los profesionales sanitarios en nuestros actos informativos podemos hacer mucho bien, pero si nos equivocamos, también podemos lograr lo contrario. Una buena comunicación es parte del éxito y de la excelencia en la gestión de salud. No le estamos robando tiempo a nuestro trabajo, es parte de él.

Este proceso de comunicación ha de ser un intercambio en el que debemos ser capaces de escuchar, reducir el temor, calmar, intentar conocer lo que está sintiendo nuestro interlocutor, admitir diferencias, mitigar el duelo, manejar los estados de ánimo de nuestros pacientes, conseguir conductas más saludables, un mejor cumplimiento de nuestras indicaciones, facilitar la adhesión terapéutica, fomentar la independencia de los pacientes, y saber respirar, es decir, controlar nuestros sentimientos y valorar lo que estamos haciendo, disfrutar, sentirnos bien y recordar por qué elegimos ser partícipes del sistema sanitario. Al igual que tenemos que dar tiempo a que nuestros pacientes interioricen el mensaje que queremos transmitirles, nosotros también tenemos que tomarnos el tiempo necesario para renovar nuestra actitud de entrega, para aprender de nosotros mismos y para no olvidar nuestra vocación, esa que nos

ha llevado a enfrentarnos a situaciones difíciles cada día, pero que nos reconforta cuando somos conscientes de que nuestra humanidad es la que nos hace mejorar nuestra calidad profesional y personal.


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